lunes, 18 de abril de 2022

Agatha Christie, Enfermera en la Primera Guerra Mundial.

 La I Guerra Mundial movilizó a una gran cantidad de voluntarios que, en la retaguardia, intentaron minimizar cuanto pudieron el horror de la contienda. Uno de esos voluntarios fue Agatha Christie, que en octubre de 1914 se ofreció como enfermera para ayudar a heridos en el hospital de su pueblo natal, Torquay, en el condado de Devon (Inglaterra). Entonces tenía 24 años, todavía no había escrito ninguno de sus misterios, pero ya tenía clara su vocación y que aquel puesto en primera línea del horror de la guerra podía serle muy útil para sus historias. En total, según el informe de la Cruz Roja británica, Christie trabajó un total de 3.400 horas como auxiliar de enfermería. Cuando empezó a trabajar en el dispensario de farmacia, le dieron un suelo de 16 libras al mes. “La escritora, como muchas voluntarias, llegó como una joven mujer sin experiencia para tratar los traumas de la guerra. Es irónico que, dado su trabajo posterior, no pudiese resistir la visión de heridas sangrantes violentas”, aseguran desde los archivos de la Cruz Roja.


Parece que Christie no tenía la sensibilidad adecuada para el trabajo de enfermera y hay recuento oficial de numerosos desmayos nada más ver sangre. “De repente, parecía como si las paredes se me cayesen encima. Nunca pensé que la visión de heridas y sangre pudiesen tener ese efecto en mí”, escribiría en su autobiografía. Sin embargo, su obstinación hizo que permaneciera en el puesto y ayudase en el cuidado de enfermos, de auxiliar en operaciones quirúrgicas, y encargarse de la limpieza del quirófano después de una amputación. “Las personas cuentan confidencias a las enfermeras en una repentina explosión de sinceridad. Sin embargo, muchas veces después sienten cierta incomodidad por haberlo confesado y desearían haber cerrado el pico. Es, simplemente, la naturaleza humana”, escribe en “Asesinato en Mesopotamia”; escrito en 1936. Su poca sangre fría a la hora de estar frente a frente a los heridos más graves hizo que pronto se le designase al dispensario del hospital. Aquí cambió su vida, ya que tuvo contacto con toda una serie de medicamentos y, lo que es esencia, potenciales venenos que estudió, quedando fascinada por su gran capacidad mortal. En total, en 41 de sus 64 novelas de Christie los asesinos utilizan veneno y apenas suceden crímenes violentos. En “Un misterio en el Caribe”, por ejemplo, utiliza una extraña mezcla de cosméticos con belladona, pero también abundan el cianuro, la estricnina o el láudano.

Agatha Christie y sus compañeras del hospital de Touqay en 1914.

 Foto archivo La Razón. 

La escritora tuvo que pasar varios exámenes para que le permitiesen ayudar en el dispensario como auxiliar en la farmacia. Estudió química teórica y práctica y empezó a realizar recetas ella misma. Lo cierto es que, cuando dejó el trabajo al final de la guerra, en noviembre de 1918, pocos sabían más que ella de drogas y sus efectos. Abundan en sus novelas, por ejemplo, los casos de sobredosis de algún medicamento no por error ni accidente, sino por voluntad criminal o cambiar de recetas para hacer que una persona tome un veneno fatal. “Enfermeras, todas sois iguales. Estáis llenas de jovialidad sobre los problemas de otras personas”, escribió en “Un ciprés triste”, de 1939.

En total, 90.000 voluntarias se registraron a la Cruz Roja inglesa para ayudar a los heridos. Christie nunca recordó con agrado sus primeros meses en el hospital, cuando “tenía que lavar toda la sangre y pegar los miembros al cuerpo yo misma”, pero su trabajo en el dispensario moldeó su vida futura. No es extraño que en “El misterioso caso de Styles”, su primera novela, publicada en 1920, justo después de dejar su puesto en el hospital, el asesino utilizase arsénico para acabar con su víctima. “Fue precisamente mientras trabajaba en el dispensario cuando concebí la idea de escribir una historia de detectives. Mi trabajo me ofrecía una gran oportunidad para estudiar a fondo el tema. Como estaba rodeada de venenos me pareció natural que utilizase el envenenamiento en mis casos”, comentó la escritora años después. Aquella primera novela nos introdujo al icónico Hércules Poirot, gran experto en venenos también. Otro de sus venenos favoritos fue el cianuro, que hasta los años 40 se podía conseguir para uso doméstico en forma de algunos pesticidas. Este veneno parece en “El espejo roto”; “Cianuro espumoso” y por supuesto, su gran obra maestra “Diez negritos”. Otros de sus sospechosos habituales son el jazmín amarillo, flor de digital, cicuta, talio o ricino.

La escritora volvería a ofrecerse voluntaria durante la II Guerra Mundial, pero ya entonces el trabajo en el dispensario se le presentó monótono y aburrido. Entonces prefirió confortar a los heridos y tener un trato más humano con los enfermos. Sin embargo, los venenos ya la habían convertido en una gran escritora.


Christie (1890/1976), nació en una familia adinerada de clase media alta en Torquay, Reino Unido, su padre murió cuando ella tenía once años de edad, recibió educación privada hasta la adolescencia y después estudió canto en París. Se dio a conocer en 1920 con El misterioso caso de Styles. En este primer relato, escrito mientras trabajaba como enfermera durante la Primera Guerra Mundial, aparece el famoso investigador Hércules Poirot, al que pronto combinó en otras obras con Miss Marple, una perspicaz señora  de edad avanzada.

En 1914 se había casado con Archibald Christie, de quien se divorció en 1928, quedando sumida en una larga depresión de la que se recuperó tras un tratamiento psiquiátrico. Dos años después se casó con el arqueólogo Max Mallowan, a quien acompañó en todos sus viajes a Irak y Siria. Llegó a pasar largas temporadas en estos países; esas estancias inspiraron varios de sus centenares de novelas posteriores, como Asesinato en la Mesopotamia (1930), Muerte en el Nilo (1936) y Cita con la muerte (1938).

La estructura de la trama de sus narraciones, basada en la tradición del enigma por descubrir, es siempre similar, y su desarrollo está en función de la observación psicológica. Algunas de sus novelas fueron adaptadas al teatro por la propia autora, y diversas de ellas han sido llevadas al cine. Entre sus títulos más populares se encuentran Asesinato en el Orient-Express (1934), Muerte en el Nilo (1937) y Diez negritos (1939). En su última novela, Telón (1974), la muerte del personaje Hércules Poirot concluye una carrera ficticia de casi sesenta años. 

Agatha Christie ha tenido admiradores y detractores entre escritores y críticos. Se le acusa de conservadurismo y de exaltación patriótica de la superioridad británica. Pero se reconoce también su habilidad para la recreación de ambientes rurales y urbanos de la primera mitad del siglo XX de la isla inglesa, su oído para el diálogo, la verosimilitud de las motivaciones psicológicas de sus asesinos, e incluso su radical escepticismo respecto de la naturaleza humana: cualquiera puede ser un asesino, hasta la más apacible dama de un cuidado jardín de rosas de Kent. Agatha fue también autora teatral de éxito, con obras como La ratonera o Testigo de cargo. La primera, estrenada en 1952, se representó en Londres ininterrumpidamente durante más de veinticinco años; la segunda fue llevada al cine en 1957 en una magnífica versión dirigida por Billy Wilder. Utilizó un seudónimo, Mary Westmaccot, cuando escribió algunas novelas de corte sentimental, sin demasiado éxito. En 1971 fue nombrada Dama del Imperio Británico.

Más información y fuentes:

https://www.lavanguardia.com/ocio/viajes/20210514/7451092/ruta-lugares-inspiracion-agatha-christie-inglaterra.html

https://www.facebook.com/photo/?fbid=271478618447693&set=g.630045647763158

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/christie.htm

https://www.larazon.es/cataluna/20200430/zxlfvyyewbf5fi4dac5vcnfvme.html

https://www.lascosasquenoshacenfelices.com/la-extrana-desaparicion-de-agatha-christie/

 


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